jueves, 22 de octubre de 2009

*LA PUPILA


*Por Richard Chávez, desde Piura


Despertó sudado y lo primero que miró fue el reloj marcando las seis en punto. Hacía tiempo que no dormía tantas horas. El reflejo del sol en el techo le causó una tremenda confusión. Entró en un estado de atemporalidad del que no sabía si había despertado a las seis de la mañana o a las seis de la tarde. Recordó haberse acostado luego de regresar de un viaje de quince horas, cuyos baches del camino le terminaron por descuartizar el cuerpo. Con los ojos entreabiertos se dirigió hacia la ventana. Apoyó los brazos sobre el marco de madera, bostezó y abrió los ojos por completo. Tremenda sorpresa se llevó cuando frente a él también había bostezado una señora de blusa desteñida, cara sudada y bizca de un ojo. Desconcertado se miró los brazos, apretó una vez más el marco de la ventana, se pellizcó una mano, raspó la madera y llegó a sonarse los dedos. Ambos se miraron fijamente entrando en un silencio en el que él podía escuchar los clics cada vez que parpadeaba y ella, por su forma de mirarlo, parecía intentar comunicarse telepáticamente. Confundido regresó a ver su dormitorio. Por un lado estaban las cosas que más le interesaban; su computadora; sus decolorados posters de Cobain; sus amarillentos clásicos de la literatura ordenados alfabéticamente como si formaran parte de un pelotón; su vieja mesa y el libro de Faulkner señalando la página en que se había quedado antes de salir de viaje. Por el otro lado, cerca de la ventana, estaba su cama de dos plazas con sábanas recién lavadas y gigantescas almohadas. En su mesa de noche, una taza de café y un plato con dos panes con hot dog que seguro su madre le había dejado para que desayune o cene. En la alfombra las piezas de un ajedrez, sus zapatos, un par de medias y una corbata que había usado dos días atrás. Ahora sabía que no se trataba de un sueño. Regresó la mirada hacia la ventana y ahí seguía ella mirándolo con un solo ojo. Otra vez preso de la duda estiró los brazos y fingió un bostezo. Como si el marco de la ventana hubiera sido un espejo la señora también estiró los brazos y luego bostezó. Hostigado de las imitaciones agarró su taza y sin quitarle la mirada a la señora empezó a fingir que tomaba el brebaje. Ella siguió estática, con los brazos rectos y con el ojo dilatándose en su pupila empezaba a reflejar el ajeno dormitorio. Conocedor de que esta vez no podía ser imitado sonrió aliviado. Pero cuando agachó la mirada hacia el jardín se enteró de que aquella mujer había dormido encima de unos cartones. Entonces, empezó a sentirse culpable, mientras que ella, aprovechándose de la situación, sin dificultad logró arrancharle la taza. Sabiendo que esa loca era capaz de todo, pensó que un descanso le resultaría bienhechor. Mientras retrocedía para derrumbarse de espaldas en su cama, ella una vez más lo imitaba; retrocediendo. Una delicada sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer, y mientras bebía el café a sorbos, en su pupila iba guardando cautelosamente la cama, las sábanas, las almohadas, los panes con hot dog… Segura de que no le cabía ni una cosa más se echó a correr sin control, como loca. En el dormitorio se escuchó un fuerte golpe: él había caído abruptamente contra el cemento. Después de varios minutos abrió los ojos y esta vez fue testigo de que su cuarto estaba totalmente vacío.


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